El poder de un símbolo compartido

Hablemos de la industria del entretenimiento para niños. Antes de descubrir cosas como el anime, y antes de que hubiera Internet en mi casa, me crié con las caricaturas de Merrie Melodies. Las mismas con las que se criaron mis papás: Bugs Bunny, el Coyote y el Correcaminos, el Pato Lucas… Y en menor medida con Mickey Mouse, pero ya lo decía Bukowski, ese maldito ratón no tiene alma. Por lo menos Bugs Bunny era un ebrio divertido y se vestía de mujer:
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En los noventa los Tiny Toons reemplazaron a los Looney Tunes, y en cierto episodio nos enseñaron que beber una cerveza es extremadamente gracioso MALO. Pero como era un episodio educativo mejor decidieron banearlo… No entendí muy bien los noventa. Culpo a la doctrina puritana, esa misma que dice que la mejor forma de educación sexual es no hablar de sexo, porque hablar de sexo lleva a pensar en sexo, y pensar en sexo es PECADO Y TE MUERES. ¡Nuestra fase de negación evitará embarazos en adolescentes!

Afortunadamente hemos recorrido un largo camino desde aquel entonces. Antaño las caricaturas trataban sobre martillazos en la cabeza que sonaban gracioso (pobre Tom). Comedia gráfica y burda. Mis abuelos, mis papás, y yo —por lo menos tres generaciones— crecimos viendo esa clase de entretenimiento, y para todos significó exactamente lo mismo: ¡nada!

En el caso de Warner, fue hasta los noventa que se comenzaron a preocupar en crear historias con moraleja, como enseñarle a los niños los peligros del alcohol. Hoy hasta nos puede sonar cursi, pero consideremos que en los años cuarenta Warner hacía caricaturas donde los personajes fumaban y bebían sin inhibiciones. Y esa era su menor ofensa. Tanto el pato Lucas como el pato Donald llegaron a hacer propaganda de guerra en contra de Alemania o Japón. No fueron tiempos muy brillantes para los dibujos animados.

El caso es que mientras Tiny Toon Adventures salía del aire, fue reemplazado por Animaniacs. Una serie que le enseñó a los niños, por primera vez, una forma más sutil de comedia: la parodia.
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… Bueno, quizá no eran TAN sutiles. Pero puntos extras por burlarse de Disney. No tengo nada en contra de Disney, pero si pudieras elegir entre salvar a Walt Disney o a Hitler de un edificio en llamas, ¿te gustaría ir a comprar tacos o hamburguesa?

Animaniacs cambió el tablero del juego en muchos sentidos: comenzaron a verse parodias de celebridades, películas, y hasta obras de Shakespeare. La serie estaba llena de chistes de doble sentido que me pasaron totalmente por alto cuando era niño, y que ahora disfruto inmensamente como adulto. Ya podía verse un intento de hacer que los padres compartieran el televisor con sus hijos, cada uno riéndose del mismo programa, aunque fuera por razones distintas.

Fue un intento de combatir el “cisma”.

Para todos nosotros existe un cisma entre la ética y la estética, que en español significa: lo que es educativo no es entretenido, y lo que es entretenido no es educativo. En parte eso se lo debemos a una enfermedad llamada Aristotelitis, que separó el mythos del logos, lo místico de lo racional, la idea del concepto. Tal vez no conocías el término, pero todos estamos enfermos de Aristotelitis, y aunque nos sepamos enfermos, es difícil dejar de estarlo. En la práctica se ve mas o menos así:
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A los occidentales nos encanta polarizar. Decimos: «Hoy no tengo ganas de pensar, quiero divertirme» porque pensar es igual a trabajo, y trabajo es igual a guácala. Por otra parte, el entretenimiento es estúpido y fácil. Ejemplo: reventar las bolitas del papel burbuja es súper entretenido. Hasta decimos que es estúpidamente entretenido. Nuestro pensamiento es blanco y negro por excelencia. Ahí les va otro silogismo aristotélico de cajón: las cosas para niños no son para adultos, y las cosas para adultos no son para niños.

Esa es una gorda y sucia mentira.

Hoy más que nunca existen cosas que pueden ser al mismo tiempo educativas-y-divertidas, para-niños-y-para-adultos. Hoy existe algo en el lugar donde se intersectan los círculos. Las generaciones que crecimos entre videojuegos, cómics, y anime, tenemos o tendremos la oportunidad de sentar a nuestros hijos frente a una pantalla y compartir con ellos los mismos símbolos. Y cuando padres e hijos comparten los mismos héroes, los mismos sueños, y las mismas pasiones, pasan cosas maravillosas.

Pero no es chicha de piña. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Además de Warner y Disney, confieso que en mi infancia temprana también llegué a ver algunos anime de los setenta, como Candy Candy y Remi, que se transmitían en la televisión abierta de México. La  historia de Candy tenía un tono relativamente inocente: era una niña enamoradiza con complejo de adulta, y gracias a que el melodrama es la quintaesencia de la cultura latinoamericana, fue un éxito entre niñas de todas las edades.

Pero Remi… man… MAN. Remi cuenta la historia de un niño huérfano que es vendido por su padrastro a cambio de 40 francos, y busca un mejor destino como músico callejero, mientras sus amigos mueren poco a poco en la mendicidad. Según Wikipedia, el anime “tiende al impresionismo, destacando imágenes góticas con tonos más bien obscuros”… ¡PERFECTO PARA PONERLO DESPUÉS DE PLAZA SÉSAMO! PILLA ÉSTO:
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Ésta es la clase de fregaderas que verías en Game of Thrones, y no en un show para niños. Pero algún ejecutivo de televisión se sacó un silogismo aristotélico del trasero y dijo: Las caricaturas son para niños, ergo… lo compramos, le hacemos doblaje, y se lo embutimos a niños de 3 a 5 años. Gracias a Remi un montón de pelaitos aprendieron que los seres humanos, de hecho, son mortales.

En Japón, las series de manga y anime están clasificadas por demografía y edad. Algunas animaciones son para público adulto, y no tanto por tener pornografía (aunque hay de todo en la viña del Señor), sino porque manejan temas morales muy pesados para un niño. En occidente todavía no tenemos la cultura de la animación, y como para nosotros las caricaturas son para niños, en Panamá terminamos viendo Neon Genesis Evangelion en tele abierta a la hora del almuerzo… Ya saben, Evangelion… ¿esa serie donde todos los protagonistas tienen profundos traumas psicológicos?… esa misma.

Los occidentales no clasificamos. Nos ofendemos. Primero dejamos a los niños todo el día abandonados viendo “muñequitos” (quién necesita la supervisión si tienes a la televisión). Y cuando una caricatura china cochina muestra algo no apto para todas las edades, ¡nos ofendemos!

En vez de ofendernos, ¿por qué no hacemos algo al respecto? Por ejemplo, me atrevería a sugerir… ¡glup!… ¡pasar tiempo con tus hijos!… Conversar, debatir, obligarlos a pensar y obligarte a pensar. Hoy, siglo XXI, el lugar más fácil para compartir emociones tiende a ser frente a una pantalla. No sé si sea bueno o malo, pero es la realidad. Si quieres puedes atorarte en el ideal: sí, sí, deberíamos tener un sistema de clasificaciones para caricaturas, hagamos pucheros y pataletas.

Pero si prefieres unirte a la realidad y empezar a hacer cambios, ya existen sitios como commonsensemedia.org que están repletos de padres discutiendo el contenido de series de televisión, videojuegos, libros, y etcéteras para niños. Y para gustos están las opiniones: Hay padres liberales que recomiendan tal serie para niños de 10 en adelante, pero otros dirán hasta 14 o 15 en adelante. Hay padres que no permiten que sus hijos vean series con groserías, y otros son de la opinión de que en cualquier patio escolar se escuchan cosas peores.

También depende del infante; yo era un niño anormal y no me molestó ver cómo los amigos de Remi morían de pulmonía, pero habrá otros más debiluchos susceptibles a estímulos.

Escribo ésto porque nos falta hacer consciente éste problema para cosechar resultados. Ya existen escenarios en donde una familia entera disfruta de un anime como One Piece, o una caricatura como Avatar: The Last Airbender. Series coloridas y alegres, que a la vez pueden traer a colación temas como la corrupción del gobierno, o la esclavitud infantil. Hay animaciones como Rose of Versailles y Hotaru No Haka que muestran las horribles consecuencias de la guerra, y pueden ser herramientas útiles en un salón de clases para hablar de valores o historia. El otro día vi a un padre y un hijo debatiendo quién sabe qué sobre la justicia, usando la película de Batman: The Dark Knight como ejemplo. Cuando dos seres humanos sienten la misma pasión por un interés, su relación cambia para siempre: a ésto le llamamos compatir significados simbólicos.

Basta con encontrar algo educativo, divertido, y para todos. O por qué no, créalo tú mismo.

¡Nos leemos pronto!

¡Únete a la discusión!

Guion y Redacción

Comunicador y educador. Come libros y escupe cuentos. Apasionado por la literatura, filosofía, psicología, y… One Piece. Amante a morir de los RPG de 16 bit y el heavy metal japonés. Por un lado es otaku, y por el otro escucha a Joaquín Sabina.

abraham@patacoinstv.com